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Columnas de opinión

La sombra de un agujero negro supermasivo

Andrés Escala, académico y director del Departamento de Astronomía de la FCFM.

Andrés Escala, académico y director del Departamento de Astronomía de la FCFM.

A comienzos de 2016, fuimos espectadores del espectacular descubrimiento de la detección de ondas gravitacionales, la cual no solo era la última corroboración de la teoría de la relatividad general de Einstein y la mejor evidencia hasta el momento de la existencia de agujeros negros, sino que también era el punto de partida de una nueva área llamada Astronomía de Ondas Gravitacionales. De tal magnitud fue dicho descubrimiento, que tan solo un año después se les otorgó el premio Nobel de Física a sus principales gestores: Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne.

Hoy, poco más de 3 años después, hemos sido afortunados espectadores de otro evento de magnitudes tan astronómicas como el objeto en estudio: la detección de la sombra de un agujero negro por el Event Horizon Telescope (EHT). A diferencia del evento que detectaron las ondas gravitacionales, éste no se produjo en nuestra galaxia, la Vía Láctea, sino que en el centro de Messier 87, una galaxia masiva que habita en la constelación de Virgo, a unos 55 millones de años luz de la Tierra. Esta vez no fueron dos, sino que solo un agujero negro; pero que en vez de decenas, tiene una masa 6.500 millones de veces superior a la de nuestro Sol. Por ello, estos extraordinarios agujeros negros tienen el apelativo de “supermasivo” y se encuentran típicamente en los centros de las galaxias como Messier 87.

Para comprender la importancia de este descubrimiento, es necesario entender qué es un agujero negro: una singularidad del espacio tiempo. Este tecnicismo significa que su gravedad es tan intensa que es capaz de curvar los rayos de luz, de tal manera que a cierta distancia son incapaces de escapar del objeto. Dicha propiedad es tan importante que le da su nombre, agujero negro, ya que en sus inmediaciones ni la luz puede escapar de él. Sin embargo, nuestra principal herramienta para su estudio son los rayos de luz generados en la zona más lejana al objeto, y que sí logran escapar, ya que son muy intensos por las altas temperaturas que tienen las regiones donde se generan, debido a la intensa gravedad de agujero negro.

Así como la curvatura de la luz es clave en definir qué es la singularidad que llamamos agujero negro, es medular también en este hallazgo, ya que define a la “sombra” del agujero negro. Dicha compleja estructura, formada por la curvatura de los haces de luz desde la vecindad de un agujero hasta que llegan a nuestros observatorios en la Tierra, es lo que fue por primera vez capaz de detectar el proyecto EHT y la mayor prueba a partir de ahora de que nuestro modelo de lo que es un agujero negro sí es correcto. Aquella asimétrica zona oscura en la imagen que llamamos sombra, es tal como la esperada según la relatividad general de Einstein, para el agujero negro “supermasivo” de Messier 87.

Esta proeza se logró gracias a una colaboración global de los principales radiotelescopios en el planeta. El EHT los reúne para formar un telescopio virtual del tamaño de la Tierra dotado de una sensibilidad y una capacidad de resolución sin precedentes, gracias a una técnica llamada interferometría. Observatorios que van desde Hawaii a la Antártica, pasando por el observatorio ALMA en el norte del país, se unieron en este objetivo de obtener la primera imagen de un agujero negro. Este logro además demuestra que sí nos podemos unir en pos de ciertos objetivos y el poder que aquello tiene, en perspectiva de desafíos próximos que tenemos como especie, tales como el calentamiento del planeta.

Columna originalmente publicada en El Mostrador.

Andrés Escala, director del DAS.

Lunes 15 de abril de 2019

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