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Terremoto Valdivia 1960

A 66 años del Gran Terremoto de Valdivia:

La catástrofe que redefinió la sismología moderna y el legado científico de la Universidad de Chile

A 66 años del terremoto de Valdivia y el legado científico de la U de Chile

Este 22 de mayo se conmemoran 66 años del sismo más potente registrado en la historia instrumental: el Gran Terremoto de Valdivia de 1960. Con una magnitud de 9.5, este evento no solo alteró drásticamente la geografía del sur de Chile, sino que marcó un antes y un después en la forma en que la comunidad científica global comprende y estudia la dinámica de la Tierra.

El evento que fracturó mil kilómetros de costa

A las 15:11 horas del domingo 22 de mayo de 1960, la zona sur-austral de Chile experimentó una liberación de energía sin precedentes. La inmensa ruptura abarcó una longitud de aproximadamente 1.000 kilómetros, extendiéndose desde la península de Arauco hasta la península de Taitao.

Las consecuencias inmediatas transformaron el paisaje: se produjeron hundimientos del terreno de más de dos metros en zonas como Valdivia y levantamientos del orden de 6 metros de la costa en otras áreas. Asimismo, el sismo generó un tsunami de proporciones épicas que azotó las costas chilenas con olas superiores a los 15 metros, y cuya propagación transoceánica alcanzó Hawái, Japón y Filipinas, demostrando la escala verdaderamente global del desastre. La Tierra quedó vibrando por varios días, de la misma manera que una campana lo hace luego de un golpe de martillo, 

Para Sergio Barrientos, director del Centro Sismológico Nacional (CSN) de la Universidad de Chile, el evento de 1960 marcó un hito ineludible en la ciencia sismológica mundial. "Ocurrió en un momento de plena transición tecnológica", coincidiendo con la creación de la primera red mundial estandarizada a principios de los años 60, donde "los sismogramas en papel de esa red global sirvieron como base para el posterior desarrollo de los instrumentos digitales modernos". Sobre el legado que dejó esta catástrofe, el sismólogo enfatiza que "la gran lección es que cada nuevo evento sísmico nos aporta datos y observaciones cruciales para actualizar las normas de construcción, logrando que las estructuras resistan mejor y la sociedad sea lo suficientemente resiliente". Si bien destaca que en la actualidad el país cuenta "con un sistema de observación sismológica más uniforme y homogéneo", Barrientos es claro en advertir el mayor desafío a futuro: "El principal peligro actual es el olvido; no debemos perder de vista que la amenaza sísmica es latente y puede afectarnos en cualquier momento".

La evolución científica desde la FCFM

Comprender un evento de magnitud 9.5 y su impacto en el ciclo sísmico ha requerido más de seis décadas de análisis. La literatura internacional se nutrió intensamente de este caso a través de estudios clásicos como el de Plafker y Savage (1970) en el GSA Bulletin, sobre el mecanismo de la falla, o la caracterización de la secuencia de réplicas realizada por Cifuentes (1989) en el Journal of Geophysical Research.

Sin embargo, el aterrizaje y la modelación de este conocimiento en el contexto local fue impulsado fuertemente por la investigación nacida en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) de la Universidad de Chile. Un hito en esta línea fue el trabajo publicado en 1990 por el propio Sergio Barrientos junto a Steven N. Ward (The 1960 Chile earthquake: inversion for slip distribution from surface deformation), donde utilizaron los datos de la deformación superficial y los cambios en la línea de la costa para resolver la inversión del deslizamiento. Esta investigación demostró matemáticamente cómo se distribuyeron los parches de energía bajo tierra, sentando un estándar metodológico para el análisis de futuros megaterremotos.

Este legado técnico no se limitó a la sismología teórica. La ingeniería civil de la FCFM también marcó la historia del evento a través de la "Operación Riñihue", el histórico trabajo liderado por el ingeniero Raúl Sáez para controlar el desborde del lago homónimo tras los derrumbes, evitando una segunda catástrofe humana. Hoy, esa escuela y visión interdisciplinaria se traducen en las simulaciones de tsunamis de vanguardia y el procesamiento de redes geodésicas GNSS que ejecutan el Programa de Riesgo Sísmico (PRS) y el Centro Sismológico Nacional (CSN).

El trabajo de la facultad de cara a las próximas décadas apunta a mantener esa línea de desarrollo frente a la amenaza sísmica mediante tres pilares fundamentales:

  • Robustecer la densidad y cobertura de las redes de observación instrumental en todo el país.
  • Profundizar en la caracterización de las fallas corticales activas y los procesos de subducción.
  • Formar a los sismólogos e ingenieros estructurales de excelencia que demanda un territorio en constante movimiento.

A 66 años de la ruptura, el evento de 1960 perdura como el laboratorio natural más extremo del planeta. Su estudio ininterrumpido garantiza que las lecciones extraídas de aquella fractura geológica sigan vigentes, transformando la memoria de una catástrofe histórica en la base técnica y académica necesaria para asegurar la resiliencia de las futuras generaciones.

 

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