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Pablo Gonzlaez

Columna de opinión

Comunicar desde el corazón lo que la cabeza ha resuelto

Comunicar desde el corazón lo que la cabeza ha resuelto

La expresidenta Michelle Bachelet recomendó a la izquierda comunicar más “desde el corazón”, porque, según ella, lo estaría haciendo “desde la cabeza”. Sugiere también que la extrema derecha ha ascendido porque apela más a las emociones. De esta forma, recomienda a la izquierda una autocrítica comunicacional.

La expresidenta tiene un merecido gran ascendiente sobre ese sector y la ciudadanía, en general. En términos gruesos tiene razón. Al Gore, por ejemplo, ha comunicado mucho mejor la exitosa transformación de nuestra matriz energética a fuentes renovables que cualquier chileno.

Norbert Lechner plantea que “una de las tareas más nobles de la política es acoger los deseos y los miedos de la gente e incorporar sus vivencias al discurso público”. Pero eso no significa que la subjetividad deba tomar las decisiones. Estas deben basarse, en parte, en el procesamiento de la subjetividad, encauzada hacia el bien común, y la posterior comunicación de esas decisiones debe reencontrarse con esa subjetividad y transformar los miedos y deseos en comprensión y esperanza –no en terror y exceso–, como tantos autoritarismos lo han hecho a lo largo de la historia.

Sin embargo, caben tres matices. Contrariamente al subtexto “demasiada racionalidad no ha sido buena”, la izquierda no ha sido muy racional en la toma de decisiones, ni durante su último gobierno ni en el actual. Se ha dado prioridad a las transferencias, y no a la creación de valor, emulando el modelo populista, particularmente el peronista del otro lado de la cordillera. Muchas veces el diagnóstico ha sido erróneo, el diseño defectuoso y la implementación deficiente.

Segundo matiz. El crecimiento de la extrema derecha no se debe al exceso de racionalidad de la izquierda, sino a la falta de resultados en muchas áreas tanto como a la mala comunicación de resultados. El Frente Amplio fustigó a la Concertación por su realismo político y capacidad de llegar a acuerdos, y algunos que habían sido parte de la izquierda de la Concertación se arrodillaron y pidieron perdón, intentando seguir la ola revolucionaria y flotar con la espuma. Pero lo cierto es que es más fácil criticar y resistir algo que construir alternativas inteligentes. No hay magia ni buenos deseos que reemplacen el trabajo duro, de personas capaces y con propósito.

La falta de racionalidad de algunas políticas genera que sean fácilmente atacables e históricamente la extrema derecha siempre se ha aprovechado de la inseguridad y la incertidumbre que las izquierdas o las crisis económicas han generado. Recordemos el ascenso del fascismo y del nazismo, el quiebre de la República española o el golpe militar en Chile.

Si la autocrítica de la izquierda es solo comunicacional, no enmendará el rumbo. Se argentinizará, corromperá y terminaremos donde Argentina está ahora: pobre y estancada, en el granero del mundo, eligiendo un presidente que no comprende cómo funciona el Estado, solo las comunicaciones y la subjetividad en un contexto de hartazgo por la ineptitud y corrupción de la izquierda peronista.

Las mentiras de lado y lado en las campañas comunicacionales en torno a los plebiscitos constitucionales ilustran lo que pueden llegar a ser las comunicaciones basadas en miedos y rabias que se exacerban.

Tercer matiz, la extrema derecha no habla al corazón sino a las vísceras, y ya sabemos de qué están llenas éstas.

Con todo, los países siguen de pie, avanzando solo en las áreas que son un muy buen negocio, a pesar de los costos de transacción que la política impone. Tanto más fácil sería si la política pudiese producir eficientemente lo que el mercado no puede darnos, como las libertades, los derechos básicos, la cohesión social, la igualdad de oportunidades, la protección social, el debido proceso, el orden, la seguridad y el respeto. Todo aquello que es de todos o no es de nadie. Los casos de Corea y Singapur son particularmente interesantes en ese sentido, tanto en la eficiencia de sus decisiones políticas como en la calidad de sus comunicaciones. La diferencia de esas naciones con los Estados fallidos de nuestro continente no es la capacidad de vender humo sino de consensuar un futuro compartido y hacerlo realidad.

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